Monstruitos con uso de razón

No puedo vivir sin él” o “Es tan importante como mi vida” no son frases extraídas de una romantic-novel barata, sino afirmaciónes de niños japoneses de entre 7 y 14 años, referidas a su… teléfono móvil. Otras más creciditas como Ayumi Chiba, de 20 años, pero que tuvo su primer móvil con 14, afirman: “Mi vida es imposible sin él”.
Son los niños de hoy, las generaciones de alienados que decidirán los destinos del mundo dentro de pocos años.  Leen, oyen música, ven TV, navegan, hablan con sus amigos con su inseparable celular del cual no suelen desprenderse “ni para comer” asegura Masashi Yasukawa, consejero principal en la escuela Withus.

También lo usan para enviar amenazas anónimas, fenómeno este curiosamente extendido entre la muchachada japonesa, que evoluciona por siglo XXI con un nuevo estilo de vida basado en los móviles, sin los cuales aseguran no poder vivir.

Este estilo también incluye, en su faceta más oscura, sucesos como el relatado por Hideki Nakagawa, profesor de sociología en la Universidad Nihon: Una chica de 15 años recibía regularmente mensajes amenazadores del tipo: “Muérete” o “Apestas” entre otro surtido de piropos. Los sms resultaron proceder de una amiga de su confianza, que confesó que lo hacía porque se sentía bien al ver la inquietud aparecer en el rostro de su amiga. No es un hecho aislado, existen diversos casos de chicas que envían mensajes perversos a sus “amigas” miestran se hayan en su compañía, fingiendo buscar algo en su propio móvil.

Este es el panorama entre los chicos japoneses. ¿Deberíamos empezar a preocuparnos? ¿A qué edad piensa comprar a su hijo su primer móvil?

Fuentes: Milenio & Navegante

Adictos al móvil: El don de la ubicuidad gracias al teléfono

Adictos al móvilDebo llevar unos tres años sin finalizar una conversación mínimamente coherente con mi jefe sin que a cada minuto alguien llame a su móvil, mi boss suspire un escueto “discúlpame” y la conversación laboral que manteníamos pase automáticamente a un segundo plano para ser relevada por la que se inicia a través de la línea inalámbrica, más importante que la mía de manera invariable.

Así que comienzo a deambular por el despacho emitiendo un suave silbidito y miro al techo, mientras mi superior intercambia cruciales impresiones con su nuevo interlocutor. A menudo, termino cansándome de esperar y abandono el despacho sin decir nada, frustrado por la retirada de atención que se me dispensa cada vez que intento comunicarme con mi dueño y señor.

No quiero hacer sangre, en realidad esta situación es extensible a muchas otras personas, no sólo a mi jefe… ¿Se han fijado que para estos individuos la conversación física, la que se mantiene de persona a persona y no de persona a teléfono nunca es la preferente? ¿Que siempre tenemos que ser los que “estamos allí” quienes hemos de aguardar para que se atienda a ese otro interlocutor que emerge del móvil con opción preferente sea cual sea la naturaleza de la llamada? Rara vez alguien hace caso omiso de una llamada, o silencia el teléfono o rechaza la conexión y sigue atendiéndonos con educación, como si el teléfono no hubiera sonado. Muy grave ha de ser el tema propuesto in situ para que esto suceda.
Pero lo más hilarante de este tipo de situaciones es el fenómeno que da título a este artículo y que se produce cuándo el adicto al móvil intenta llevar las dos conversaciones al mismo tiempo.

Es un esfuerzo estéril por alcanzar el don de la ubicuidad el que algunos individuos, como mi jefe, creen haber alcanzado gracias a la nueva tecnología que nos proporcionan estas máquinas que todos, grandes o pequeños, ricos o pobres llevamos con nosotros, y que, irónicamente, cada día son menos un teléfono y más cualquier otro tipo de dispositivo.

Son individuos que creen realmente manejar dos situaciones a la vez, que pretenden estar presentes en sendas conversaciones a este y al otro lado de la línea, ser protagonistas de dos escenas representadas en sitios distintos, los actores principales en dos películas diferentes proyectadas al mismo tiempo.
A mi modesto modo de enterderlo, a veces lo único que consiguen es faltar al respeto a la persona con la que estaban hablando. Curiosamente, lo único que consiguen en realidad es aislarse cada vez más de las personas, en lugar de estar presentes en dos sitios a la vez.

Disculpen, tengo una llamada.

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